Diario de una mente con veinte pestañas abiertas

7:00. Hoy sí

Suena el despertador.

Lo apago.

Vuelve a sonar.

Lo apago otra vez.

A la tercera alarma recuerdo que anoche puse el teléfono lejos de la cama para obligarme a levantarme. Me pareció una idea magnífica. Mi yo nocturno suele tomar decisiones muy responsables que mi yo matutino considera auténticas traiciones.

Cuando por fin consigo levantarme, son las 7:28.

No pasa nada. Tengo tiempo.

Esta es una de las frases más peligrosas que puedo pronunciar.

Voy al baño y, mientras me lavo los dientes, recuerdo que ayer dejé la lavadora puesta. Abro la puerta para tender la ropa, pero veo una taza encima de la mesa. Cojo la taza para llevarla a la cocina y descubro que el lavavajillas está limpio. Empiezo a vaciarlo. Con un tenedor en la mano recuerdo que sigo con el cepillo de dientes en la boca.

La ropa continúa dentro de la lavadora.

Son las 7:51.

No sé muy bien qué he estado haciendo, pero puedo confirmar que no he desayunado, no me he vestido y ahora hay un tenedor en el cuarto de baño.

8:15. El tiempo es un concepto flexible

Tengo que salir de casa a las 8:20.

Cinco minutos son muchísimos. En cinco minutos puedo vestirme, preparar el desayuno, buscar las llaves y contestar ese mensaje que llevo tres días posponiendo.

También puedo decidir que este es un buen momento para ordenar el cajón de los calcetines.

No lo hago porque sea irresponsable. En ese instante, ordenar los calcetines me parece urgente, lógico y perfectamente compatible con llegar puntual.

A las 8:34 salgo de casa sin desayunar y con un calcetín de cada color. Antes de cerrar la puerta noto que me falta algo. Me palpo los bolsillos: teléfono, cartera, llaves.

Todo bien.

Ya en el coche descubro qué era.

Los zapatos.

Regreso corriendo. Mientras me los pongo, me pregunto cómo es posible que me ocurran estas cosas. Me lo pregunto a menudo. Algunas mañanas me río. Otras no tiene ninguna gracia.

9:12. «Tienes que organizarte mejor»

Llego tarde al trabajo.

—Tienes que organizarte mejor —me dicen.

Asiento.

Es una idea revolucionaria. Jamás se me había ocurrido.

Tengo una agenda de papel, dos calendarios digitales, cuatro cuadernos, notas adhesivas de cinco colores y una aplicación que me envía recordatorios para consultar otra aplicación en la que guardo mis recordatorios.

El problema no es que no quiera organizarme. El problema es que, para utilizar un sistema de organización, tengo que recordar que existe.

Durante años me han llamado despistado, caótico, dejado y poco constante. También me han dicho que, si me esforzara un poco más, podría conseguir todo lo que me propusiera.

Lo curioso es que me esfuerzo muchísimo.

Me esfuerzo para no interrumpir, para permanecer sentado, para escuchar una conversación mientras mi cabeza persigue otras siete, para calcular cuánto se tarda realmente en llegar a un sitio y para no perder por tercera vez esa semana un objeto que estaba en mi mano hace diez segundos.

Pero gran parte de ese esfuerzo no se ve. Desde fuera solo se ve que he vuelto a llegar tarde.

10:30. Reunión

Durante la reunión estoy decidido a prestar atención.

La primera parte va bien. Escucho, tomo notas y hago una aportación bastante buena. Entonces alguien menciona que debemos “abrir una ventana de oportunidad”.

Ventana.

Recuerdo que tengo que llamar para reparar la ventana del dormitorio. Después pienso en la factura de la calefacción. Eso me lleva a preguntarme si los pingüinos sienten frío. Luego recuerdo un documental sobre la Antártida. La persona que está hablando dice mi nombre.

He regresado de la Antártida sin saber cuál era la pregunta.

Improviso una respuesta. Por suerte, improvisar se me da bien. Llevo toda la vida haciéndolo.

Cuando tengo que hablar, las ideas llegan todas juntas. Se empujan, se pisan y tratan de salir por mi boca al mismo tiempo. A veces interrumpo. No porque piense que lo mío sea más importante, sino porque temo que la idea desaparezca si no la digo en ese preciso instante.

Después veo la expresión de la otra persona y me doy cuenta.

Ya lo he vuelto a hacer.

Me prometo permanecer en silencio el resto de la reunión. Paso los siguientes veinte minutos tan concentrado en no interrumpir que tampoco escucho nada.

12:00. La tarea

Tengo que redactar un informe.

Sé hacerlo. Quiero hacerlo. Es importante y, además, hoy debo entregarlo.

Abro el documento.

Escribo el título.

Compruebo el correo.

Vuelvo al documento.

Cambio el tipo de letra.

Miro el teléfono.

Regreso al documento.

Decido que trabajaré mejor después de tomar un café.

Desde fuera podría parecer que no me importa el informe. Desde dentro es como estar sentado frente a una puerta que sé abrir, pero cuyo pomo se aleja cada vez que intento alcanzarlo.

«Empieza y ya está», me digo.

No empiezo.

«Venga, solo el primer párrafo».

Nada.

«Eres un desastre».

Curiosamente, insultarme tampoco funciona.

14:47. Hiperfoco

Faltan trece minutos para entregar el informe.

Entonces ocurre.

El ruido de alrededor desaparece. Dejo de notar el hambre, el teléfono y el paso del tiempo. Las ideas se ordenan y escribo con una claridad que hace una hora parecía imposible. Encuentro relaciones, detecto errores y resuelvo en minutos aquello que llevaba toda la mañana evitando.

A las 15:26 termino.

El informe está muy bien.

También llega tarde.

Alguien podría pensar que trabajo mejor bajo presión. La realidad es que, muchas veces, necesito sentir la fecha límite respirándome en la nuca para que mi cerebro consiga activar el interruptor.

El resultado puede ser brillante.

El precio suele ser el agotamiento.

17:30. El mensaje

Al salir del trabajo veo un mensaje de una persona a la que quiero.

«¿Estás bien? Hace días que no sé nada de ti».

Lo leí cuando llegó. Pensé en responder con calma y, como me importaba, no quise contestar deprisa. Después apareció otra cosa. Y otra. Y otra más.

El mensaje dejó de estar delante de mis ojos, aunque no dejó de importarme.

Ahora me avergüenza haber tardado tanto. Cuanta más culpa siento, más difícil me resulta responder. Ensayo mentalmente una explicación, la encuentro absurda y vuelvo a guardar el teléfono.

¿Cómo explico que puedo acordarme de alguien muchas veces y, aun así, no escribirle?

¿Cómo explico que olvidar una acción no significa olvidar a una persona?

Desde fuera, el silencio se parece mucho al desinterés. Desde dentro, a veces es una mezcla de afecto, aplazamiento y culpa.

19:00. Una idea maravillosa

De camino a casa se me ocurre una idea extraordinaria.

Podría aprender italiano. Siempre he querido aprender italiano. Descargo una aplicación, busco cursos, comparo métodos y veo tres vídeos sobre cómo organizar un plan de estudio.

Durante cuarenta minutos, aprender italiano se convierte en la decisión más importante de mi vida.

Imagino conversaciones en Roma. Me veo leyendo novelas en su idioma original. Incluso busco alojamientos para un viaje que no he planeado.

Dos semanas después, la aplicación me enviará una notificación: «Te echamos de menos».

Yo también me echo de menos en algunos proyectos.

No abandono porque todo me dé igual. A veces empiezo con una intensidad que no puedo mantener cuando desaparece la novedad. Cada interés nuevo llega como un incendio y se marcha dejando otro pequeño proyecto a medio construir.

Mi casa está llena de testimonios: una guitarra, pinturas, libros de jardinería y unas agujas de punto con las que iba a hacer una bufanda.

La bufanda mide nueve centímetros.

Es preciosa.

21:00. Las pequeñas pruebas

Por la noche recuerdo la ropa de la lavadora.

La tiendo. Algunas prendas huelen raro y tengo que volver a lavarlas.

Podría ser una anécdota sin importancia, pero a veces estos pequeños olvidos se acumulan hasta convertirse en pruebas contra mí:

No eres responsable.
No eres constante.
No puedes confiar en ti.
Siempre acabas igual.

Durante mucho tiempo creí que el problema era mi forma de ser. Pensaba que me faltaban voluntad, disciplina o madurez. Veía que otras personas hacían determinadas cosas sin aparente dificultad y concluía que yo estaba fallando en algo elemental.

El diagnóstico no solucionó mágicamente mi vida. No hizo aparecer las llaves ni respondió los mensajes pendientes. Tampoco convirtió el tiempo en algo que yo pudiera medir con precisión.

Pero cambió la pregunta.

Dejé de preguntarme: «¿Qué me pasa?».

Empecé a preguntarme: «¿Qué necesito para que esto me resulte más fácil?».

22:30. No todo es caos

Mi cabeza también encuentra conexiones que otras personas no ven. Reacciona rápido ante los imprevistos, crea soluciones inesperadas y puede entusiasmarse de una forma casi contagiosa.

No quisiera desprenderme de mi curiosidad, de mi sentido del humor ni de esa capacidad para sumergirme por completo en algo que me apasiona.

Pero tampoco quiero convertir el TDAH en un superpoder.

Hay días en los que resulta divertido contar que he buscado el teléfono mientras hablaba por él. Otros días, la desorganización, la impulsividad, el agotamiento y la sensación de estar decepcionando a los demás pesan demasiado.

Ambas cosas son verdad.

Puedo ser creativo y necesitar ayuda.

Puedo reírme de mis despistes y sufrir por sus consecuencias.

Puedo tener muchas capacidades y encontrar enormes dificultades en tareas aparentemente sencillas.

23:15. Mañana

Antes de acostarme preparo la ropa, dejo las llaves junto a la puerta y programo tres alarmas. También escribo una nota enorme:

MAÑANA: DESAYUNAR.

Estoy aprendiendo a no confiar únicamente en mi memoria, a dividir las tareas, a utilizar recordatorios visibles y a no esperar que la urgencia sea siempre quien ponga en marcha mi cerebro.

Sobre todo, estoy aprendiendo a hablarme de otra manera.

No soy una persona vaga.

No soy un desastre.

No me falta interés.

Tengo una mente que regula de forma diferente la atención, el impulso, la motivación y el tiempo. Una mente con veinte pestañas abiertas, tres reproduciendo música y una cuyo origen no consigo localizar.

Mañana seguramente vuelva a perder algo.

Espero que no sean los zapatos.

Pero, si ocurre, intentaré recordar que necesitar estrategias no me hace menos capaz. Y que comprender cómo funciona mi mente no es buscar una excusa.

Es, por fin, dejar de vivir en guerra con ella.

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