7:00. El plan
Suena el despertador.
Una vez.
Me levanto.
No admiro especialmente las sorpresas a primera hora de la mañana. Tampoco después. En realidad, las sorpresas están bastante sobrevaloradas.
Antes de acostarme dejo preparada la ropa, compruebo el tiempo, reviso el trayecto hasta el trabajo y organizo mentalmente el día siguiente. No es rigidez. Es mi manera de reducir el número de cosas que tendré que procesar al despertar.
Hoy el plan es sencillo:
Ducharme.
Desayunar.
Salir de casa a las 8:05.
Coger el autobús de las 8:12.
Llegar al trabajo a las 8:43.
El día está ordenado.
Todo debería ir bien.
7:35. La camiseta
La camiseta me molesta.
No me aprieta. No me queda pequeña. No tiene nada que una persona pueda señalar y decir: «Mira, aquí está el problema».
Simplemente, la costura roza mi cuello.
Intento ignorarla. Me digo que es solo una costura, pero mi cuerpo no parece interesado en este razonamiento. Para él, la costura es una sirena de emergencia situada a dos centímetros de mi oreja.
Me cambio de camiseta.
La nueva tiene una etiqueta.
Me cambio otra vez.
Algunas personas eligen la ropa pensando en los colores que combinan. Yo compruebo primero si podré soportar llevarla puesta durante ocho horas.
Al final escojo una camiseta que tengo repetida en tres colores.
Cuando encuentras algo que no pica, no aprieta y no intenta estrangularte lentamente, no estás comprando ropa.
Estás asegurando tu supervivencia.
8:05. Cambio de planes
Antes de salir consulto la aplicación del transporte.
El autobús de las 8:12 ha sido cancelado.
Observo la pantalla.
La aplicación propone coger otro que pasa once minutos después. Parece una solución sencilla. Si se lo contara a alguien, probablemente respondería:
—Bueno, tampoco pasa nada.
Ya sé que no pasa nada.
Nadie ha resultado herido. La economía mundial no se ha derrumbado. Mi familia continúa a salvo.
Pero el recorrido que había ensayado en mi cabeza ya no existe. Tengo que desmontarlo y construir uno nuevo mientras calculo la hora de llegada, la cantidad de gente que habrá en el siguiente autobús y qué tendré que decir si llego tarde.
No me angustia únicamente el cambio.
Me angustian todas las posibilidades que el cambio acaba de abrir.
Respiro.
Recalculo.
Salgo de casa.
8:23. Demasiado mundo
El autobús está lleno.
Una persona escucha vídeos sin auriculares. Otra mastica chicle. Alguien lleva un perfume dulce que puedo saborear al respirar. El motor vibra bajo mis pies y las puertas emiten un pitido agudo cada vez que se abren.
Veo el reflejo intermitente del sol en una ventanilla.
Un bebé llora.
Dos personas hablan.
Otra tose.
Una bolsa de plástico roza repetidamente contra un asiento.
Todo ocurre a la vez.
Me pongo los auriculares. No estoy escuchando música. Solo intento bajar el volumen del mundo.
Desde fuera parezco una persona sentada, mirando por la ventana.
Por dentro estoy clasificando sonidos, luces, olores, movimientos y contactos mientras intento conservar recursos suficientes para afrontar el resto del día.
No es que oiga mejor.
Es que me cuesta dejar de oír.
9:05. «¿Qué tal el fin de semana?»
Al llegar al trabajo, alguien me pregunta:
—¿Qué tal el fin de semana?
La pregunta parece sencilla, pero contiene demasiadas posibilidades.
¿Quiere saber qué hice?
¿Quiere saber cómo me sentí?
¿Espera una respuesta detallada?
¿Tengo que preguntarle después por el suyo?
¿Cuánto debe durar exactamente mi respuesta?
He aprendido que lo correcto es decir:
—Bien, tranquilo. ¿Y el tuyo?
No importa que el sábado visitara una exposición sobre cartografía antigua y pudiera hablar durante cuarenta minutos sobre la evolución de los mapas marítimos. La pregunta no solicita información. Es una especie de contraseña social.
—Bien, tranquilo. ¿Y el tuyo? —respondo.
Funciona.
La otra persona sonríe.
Acceso concedido.
10:30. La reunión
En la reunión explican un nuevo proyecto.
—La idea está bastante clara —dice el responsable—. Ya iremos viendo sobre la marcha.
No sé qué parte está clara.
Pregunto cuál es el objetivo, quién se ocupará de cada tarea y cuál es el plazo. También pregunto cómo sabremos si el resultado es correcto.
—No hace falta concretarlo todo tanto —me responden—. Hay que ser un poco flexible.
Anoto la palabra flexible.
En el entorno laboral, flexible parece significar con frecuencia que existe una norma, pero nadie va a explicarla hasta que la incumplas.
Durante la reunión observo las caras de los demás para saber cuándo intervenir. He aprendido algunas reglas: no hablar demasiado, asentir de vez en cuando, mirar a quien está hablando y no corregir cada dato inexacto.
Mientras hago todo eso, también intento escuchar.
A veces socializar se parece a conducir un coche mientras resuelves una ecuación y finges que disfrutas del paisaje.
12:15. No parecía una broma
Un compañero dice:
—Como sigamos así, esta noche dormimos todos en la oficina.
Le respondo que no llevo ropa para mañana.
Se ríe.
Yo tardo un segundo más.
Era una broma.
También sonrío, aunque la broma ya ha pasado.
No siempre interpreto a tiempo la ironía, los dobles sentidos o esas frases cuyo significado depende de un gesto casi imperceptible. A veces los entiendo. Otras veces no. Y algunas veces los comprendo varios minutos después, cuando la conversación ya ha avanzado tres calles y yo continúo esperando en el semáforo anterior.
Me han dicho que soy demasiado literal.
Me parece curioso.
Las personas dicen una cosa, esperan que entiendas otra y consideran que el problema de comunicación lo tienes tú.
14:00. La comida
En el comedor hay doce conversaciones simultáneas, cubiertos chocando contra los platos y una cafetera que parece estar demoliendo un edificio.
Me siento en el extremo de la mesa.
Una persona me pregunta por qué estoy tan callado.
—Estoy comiendo —respondo.
Se ríe.
Esta vez sé que no he hecho un chiste, aunque aparentemente lo ha parecido.
Intento seguir la conversación. Cuando encuentro algo que puedo aportar, el tema ya ha cambiado. Espero una nueva oportunidad, pero otra persona empieza a hablar. Después otra.
No sé cómo saben cuándo les toca.
En algún momento alguien menciona un tema que me interesa mucho. Noto cómo todas las piezas encajan de pronto. Tengo datos, ejemplos y conexiones que quiero compartir.
Empiezo a hablar.
Cinco minutos después compruebo las caras.
He hablado demasiado.
Me detengo a mitad de una frase y pregunto algo a otra persona para compensar.
Durante años he aprendido a medir cuánto entusiasmo resulta aceptable. Demasiado poco y parezco distante. Demasiado y parezco intenso.
La cantidad correcta continúa siendo un misterio.
16:20. Pareces muy normal
Por la tarde una compañera me dice que nunca habría imaginado que soy autista.
—Pareces muy normal.
Sé que pretende ser amable.
No sé cómo explicarle que esa aparente normalidad no apareció espontáneamente. La he construido observando, memorizando y ensayando.
He aprendido a mirar a los ojos sin mirar realmente a los ojos. A preparar respuestas para preguntas frecuentes. A ocultar movimientos que me ayudan a regularme. A sonreír cuando toca. A soportar determinados sonidos sin taparme los oídos. A imitar la naturalidad de los demás hasta que mis gestos parecen automáticos.
Parecer que todo resulta fácil también requiere esfuerzo.
Mucho.
No finjo ser otra persona porque quiera engañar a nadie. Lo hago porque, cuando he sido completamente espontáneo, me han llamado raro, frío, exagerado, maleducado o demasiado sensible.
Así que observo.
Aprendo.
Interpreto.
Y cuando vuelvo a casa, necesito dejar de actuar durante un rato.
18:03. La última gota
El supermercado ha cambiado la distribución de los productos.
El arroz ya no está donde estaba.
Las luces son demasiado blancas. Una rueda del carrito chirría. Hay una promoción anunciándose por megafonía y una persona bloquea el pasillo mientras habla por teléfono.
Busco el arroz.
No lo encuentro.
Noto tensión en la mandíbula. Después en los hombros. Las palabras empiezan a desaparecer y pensar se vuelve más lento. Necesito salir, pero aún me faltan cuatro cosas de la lista.
Alguien me roza por detrás.
Es suficiente.
Dejo la cesta y salgo del supermercado.
Ya en la calle, una persona podría pensar que he reaccionado de forma desproporcionada por no encontrar un paquete de arroz.
Pero no ha sido el arroz.
Ha sido el autobús, el perfume, el pitido, la reunión, las instrucciones imprecisas, las bromas, el comedor, las luces y todas las veces que hoy he tenido que controlar conscientemente algo que otras personas hacen sin pensarlo.
El arroz solo era la última gota.
18:30. Silencio
Llego a casa.
Cierro las cortinas. Bajo la intensidad de la luz. Me quito la ropa de trabajo y me pongo la camiseta segura, esa que no raspa en ningún sitio.
No enciendo la televisión.
No contesto los mensajes.
No quiero hablar.
No estoy enfadado. Tampoco estoy castigando a nadie ni pretendo llamar la atención. He gastado casi toda mi capacidad para procesar el mundo y necesito recuperarme.
A veces, cuando estoy muy saturado, las palabras dejan de estar disponibles. Sé lo que siento, pero convertirlo en lenguaje requiere una energía que ya no tengo.
En esos momentos, una pregunta sencilla como «¿Qué te pasa?» puede resultar imposible de responder.
Me pasa todo.
Solo necesito que durante un rato no ocurra nada más.
20:00. Mi lugar
Después de un tiempo en silencio, recupero fuerzas.
Abro un libro sobre cartografía.
Aquí todo encaja.
Los mapas tienen símbolos definidos, escalas, coordenadas y leyendas. Si una línea representa una frontera, nadie espera que adivines por su tono de voz si se trata realmente de una frontera o de una invitación informal para tomar café.
Puedo pasar horas investigando un detalle. Cuando algo me interesa, no siento que esté atrapado en ello. Siento que, por fin, puedo respirar.
Mis intereses no son una obsesión vacía ni una forma de aislarme del mundo. Son una fuente de conocimiento, placer, estabilidad y descanso.
Hay personas que hablan durante horas de fútbol y eso se considera conversación.
Yo hablo durante veinte minutos de mapas del siglo XVI y, de pronto, tengo que aprender a resumir.
21:30. La empatía
Recibo un mensaje de una amistad:
«Hoy ha sido un día horrible».
No sé qué responder.
Escribo: «¿Qué ha ocurrido?».
Lo borro.
Escribo: «Lo siento mucho».
También lo borro.
Quiero ayudar, pero no sé si necesita consejos, compañía, silencio o que alguien le dé la razón. Me preocupa decir algo inadecuado.
Finalmente pregunto:
«¿Quieres contarme lo que ha pasado, prefieres que pensemos en una solución o necesitas que simplemente esté contigo?».
Me responde:
«Solo necesito desahogarme».
Eso puedo hacerlo.
A veces se confunde mi dificultad para expresar empatía de la forma esperada con no sentirla. Sin embargo, puedo quedarme pensando durante días en el sufrimiento de otra persona. Puedo sentirlo con tanta intensidad que no sepa cómo acercarme sin equivocarme.
No me falta empatía.
A veces me faltan instrucciones claras sobre cómo mostrarla.
23:00. El manual
Durante mucho tiempo pensé que todas las personas vivían como yo y que simplemente lo soportaban mejor.
Creía que las luces molestaban a todo el mundo de la misma manera. Que mantener una conversación exigía el mismo cálculo. Que todos ensayaban lo que iban a decir antes de llamar por teléfono. Que acabar una jornada normal completamente agotado era una muestra de debilidad.
El diagnóstico no cambió quién soy.
Me dio un contexto.
Comprendí por qué necesito anticipación, por qué algunos cambios me desestabilizan, por qué los sonidos pueden doler y por qué después de socializar necesito silencio.
También comprendí que muchas de mis dificultades no nacen únicamente de mí, sino del encuentro entre mi manera de procesar el mundo y un entorno diseñado para otra forma de hacerlo.
No necesito que todo permanezca siempre igual.
Necesito tiempo para reajustarme cuando cambia.
No necesito vivir aislado.
Necesito relacionarme sin tener que representar continuamente un papel.
No necesito que hablen por mí.
Necesito que crean lo que digo sobre mi propia experiencia.
23:30. Mañana
Antes de acostarme consulto el tiempo y preparo la ropa.
Reviso el trayecto.
El autobús de las 8:12 aparece programado con normalidad.
Bien.
Mañana volveré a observar detalles que otros no perciben. Quizá vuelva a interpretar literalmente una frase, hable demasiado de mapas o necesite apartarme cuando el mundo suba excesivamente el volumen.
No soy una persona rota.
Tampoco soy un enigma que haya que resolver.
Soy alguien que recibió el mundo sin manual de instrucciones y lleva toda la vida redactando el suyo.
Página a página.
Con anotaciones en los márgenes.
Y, siempre que sea posible, con los cambios comunicados con suficiente antelación.


