Diario de una mente que no encuentra el botón de pausa: altas capacidades desde dentro

7:12 h. He pensado demasiado antes de levantarme

Suena el despertador.

Bueno, en realidad no ha sonado todavía.

Me he despertado ocho minutos antes y, en esos ocho minutos, he pensado en lo que tengo que hacer hoy, en una conversación de ayer, en una idea para un proyecto que probablemente nunca haga, en por qué aquella persona utilizó exactamente aquella palabra y no otra, y en si dentro de treinta años seguiremos utilizando despertadores.

También he recordado que tengo que comprar detergente.

No sé muy bien cómo hemos llegado hasta el detergente.

Mi cabeza funciona así.

Alguien podría imaginar que tener altas capacidades significa despertarse resolviendo ecuaciones diferenciales.

No.

A veces significa estar lavándote los dientes y preguntarte por qué seguimos diseñando los tubos de pasta de dientes de una forma tan poco eficiente.

Y dedicar demasiado tiempo a pensarlo.


8:36 h. «No le des tantas vueltas»

Esta frase aparece bastante en mi vida.

—No le des tantas vueltas.

Gracias.

No se me había ocurrido.

Es como decirle a alguien que tiene hipo:

—¿Has probado a no tenerlo?

Mi cabeza encuentra conexiones constantemente.

Una conversación no es solo una conversación.

Es lo que has dicho, cómo lo has dicho, lo que probablemente querías decir, lo que no has dicho, por qué has evitado determinado tema y aquella pequeña contradicción entre esto y lo que dijiste hace tres semanas.

Sí.

Me acuerdo.

No porque quiera utilizarlo contra ti.

Es que mi cerebro lo ha guardado.

En la carpeta «Información aparentemente inútil que quizá necesitemos algún día».

Esa carpeta tiene almacenamiento ilimitado.

La de «Dónde he dejado las llaves», curiosamente, no.


10:15 h. Reunión

Alguien empieza a explicar algo.

A los tres minutos creo haber entendido adónde quiere llegar.

A los cinco estoy pensando en las consecuencias.

A los siete he encontrado dos problemas.

A los nueve se me ocurren tres soluciones.

A los doce seguimos explicando el punto número uno.

Aquí comienza una negociación interna:

No interrumpas.

Espera.

Deja que termine.

Pero si ya sabemos adónde va.

ESPERA.

Así que espero.

A veces demasiado.

Porque también he aprendido que cuando dices muy rápido lo que estás pensando puedes parecer impaciente, arrogante o esa persona insoportable que siempre tiene algo que añadir.

Y no quiero ser esa persona.

Aunque, mientras intento no serlo, mi cabeza ya está en el punto seis.


12:40 h. El maravilloso mundo del aburrimiento

Hay una cosa que llevo regular.

Hacer algo que no tiene sentido.

Puedo dedicar seis horas seguidas a una tarea difícil si me interesa.

Seis.

Sin comer.

Sin mirar el móvil.

Sin enterarme de que fuera ha empezado a llover, ha dejado de llover y probablemente ha cambiado el Gobierno.

Pero dame una tarea repetitiva que podría hacerse de una manera más eficiente y mi alma abandona lentamente mi cuerpo.

—Siempre se ha hecho así.

Pocas frases producen en mí semejante sufrimiento.

¿Por qué?

¿Por qué se ha hecho así?

¿Quién decidió hacerlo así?

¿Sigue teniendo sentido?

¿Podemos cambiarlo?

Probablemente debería limitarme a rellenar el formulario.

Pero ahora necesito saber quién diseñó el formulario.


15:20 h. «Qué suerte, ser tan inteligente»

Esta también la he escuchado.

Y entiendo lo que quieren decir.

Claro que hay cosas que me resultan fáciles. Aprendo rápido cuando algo me interesa. Relaciono conceptos. Detecto patrones. Puedo profundizar muchísimo en determinados temas.

Eso tiene ventajas.

Muchas.

Pero las altas capacidades no son un superpoder.

Y desde luego no significan que todo me salga bien.

Puedo comprender algo muy complejo y ser incapaz de decidir qué quiero cenar.

Puedo aprender en una tarde algo que a otras personas les lleva días y después posponer durante una semana una tarea sencillísima.

Puedo saber mucho de algunas cosas y absolutamente nada de otras.

Y puedo equivocarme.

Muchísimo.

Esto último parece necesario aclararlo.

Tener altas capacidades no significa tener siempre razón.

Aunque a veces necesite comprobar por qué no la tengo.

Durante aproximadamente cuarenta y cinco minutos.


17:03 h. Intensidad

Hay días en los que todo parece tener el volumen un poco más alto.

La curiosidad.

La frustración.

La emoción.

La injusticia.

Las ganas de entender.

Cuando algo me interesa, quiero llegar hasta el fondo.

No quiero saber qué.

Quiero saber por qué.

Después quiero saber por qué ese porqué es así.

Y después probablemente acabaré leyendo un artículo sobre algo tangencial que alguien mencionó en una nota al pie.

Tres horas después tendré abiertas diecisiete pestañas.

Ninguna será la página que necesitaba inicialmente.

Pero ahora sé muchísimo sobre un tema que ayer desconocía por completo.

Éxito relativo.


19:18 h. Conversaciones

Me gustan las conversaciones que se salen del guion.

Esas que empiezan hablando de una película y terminan discutiendo sobre si nuestra memoria modifica quiénes somos.

Las conversaciones donde puedo decir:

—Espera, ¿y si lo miramos desde otro punto de vista?

Y la otra persona responde:

—A ver.

Ese «a ver» me encanta.

Significa que podemos explorar.

Lo difícil es cuando necesito profundidad y el mundo parece tener prisa por quedarse en la superficie.

No significa que me crea más interesante que los demás.

Ni que todas las conversaciones tengan que ser trascendentales.

También puedo hablar de tonterías.

Muchas.

Pero necesito, de vez en cuando, encontrar a alguien con quien poder quitarle el freno a la cabeza.

Alguien ante quien no tenga que simplificar cada idea antes de decirla.


21:46 h. La palabra «potencial»

Ah.

Potencial.

Esa palabra.

«Con el potencial que tienes…»

«Podrías llegar muy lejos.»

«Si te esforzaras un poco más…»

Durante mucho tiempo pensé que tener capacidad significaba tener la obligación de convertirla en algo extraordinario.

Como si haber nacido con determinadas facilidades viniera acompañado de un contrato.

Cláusula 4.2: el abajo firmante se compromete a no desperdiciar su cerebro.

Pero ¿qué significa desperdiciarlo?

¿Tengo que destacar?

¿Producir?

¿Conseguir títulos?

¿Hacer algo importante?

¿Importante para quién?

Quizá una de las cosas más difíciles de aprender ha sido esta:

mi capacidad es una característica, no una deuda.

No tengo que justificarla.

No tengo que demostrarla constantemente.

Y no tengo que ser excepcional todos los días.

Hay días en los que mi mayor logro es poner una lavadora y acordarme de tenderla.

Y me parece suficiente.


23:37 h. Silencio

Por fin me meto en la cama.

Apago la luz.

Ahora solo queda dormir.

Mi cerebro considera que este es un momento excelente para recordar una conversación de 2014.

—¿Por qué dijiste aquello?

No sé.

—¿Crees que se enfadó?

Han pasado doce años.

—Precisamente. Hemos tenido tiempo para analizarlo.

No.

—También podríamos pensar en aquel proyecto.

Mañana.

—Solo una cosa.

No.

—¿Sabías que…?

Por favor.

Silencio.

Cinco segundos.

—Oye.

¿Qué?

—Lo del tubo de pasta de dientes de esta mañana.

…

—Creo que tengo una solución.


No soy un cerebro con patas

Durante mucho tiempo las altas capacidades se han contado desde fuera.

Cociente intelectual.

Percentiles.

Rendimiento.

Talento.

Resultados.

Pero vivir con altas capacidades no consiste en caminar por el mundo resolviendo problemas mientras suena música épica de fondo.

Es una forma particular de procesar la información.

Y no existe una única manera de vivirla.

Hay personas con altas capacidades extrovertidas e introvertidas, organizadas y caóticas, brillantes académicamente y con historias de fracaso escolar, seguras e inseguras, sociables y solitarias.

Algunas descubrieron muy pronto que pensaban de una manera diferente.

Otras pasaron décadas creyendo simplemente que eran «demasiado intensas», «demasiado curiosas», «demasiado sensibles», «demasiado complicadas» o que había algo que no terminaban de hacer como los demás.

Por eso quizá la pregunta no debería ser:

«¿Cuánto puede hacer esta persona?»

Quizá deberíamos preguntar más a menudo:

«¿Cómo vive esta persona todo lo que ocurre dentro de su cabeza?»

Porque detrás de una puntuación alta no hay una máquina de aprender.

Hay alguien.

Alguien que puede necesitar retos.

Pero también descanso.

Profundidad.

Pero también ligereza.

Estimulación.

Pero también silencio.

Y, sobre todo, un lugar en el que no tenga que estar demostrando continuamente que merece la etiqueta que un día alguien puso sobre su cabeza.

Tengo altas capacidades.

No significa que sea mejor que tú.

Tampoco peor.

Significa que mi cabeza tiene una forma particular de mirar el mundo.

A veces me facilita muchísimo las cosas.

Otras veces las complica innecesariamente.

Y algunas noches, cuando debería estar durmiendo, decide rediseñar envases de pasta de dientes.

Seguimos trabajando en eso.

Compartir: