El ermitaño


Un ermitaño salió un buen día a recorrer los caminos. Caminaba sólo porque pensaba que de esa manera no ocasionaría ninguna molestia a nadie con sus manías.
Le gustaba respirar el aire puro de la mañana, escuchar el canto de los pájaros y admirar los primeros brotes que nacían con la primavera.
Caminaba despacio, y en su viaje sus pensamientos no paraban de inquietarle:

“No me extraña que esté sólo, se decía. No tengo nada especial por lo que pueda ser amado, o admirado. Ni tengo carisma ni soy elocuente…”

Ensimismado en esos pensamientos, se dio cuenta de que un poco más adelante había una anciana cargando un enorme cesto de uvas. El cesto estaba repleto y pesaba demasiado para las débiles espaldas de la mujer. Observó que a un par de metros de donde estaba la anciana, un borriquillo pastaba tranquilo en la linde del camino.
– ¡Déjeme el cesto! Parece muy pesado. Yo se lo cargaré en su burro.

Y antes de que la mujer pudiera siquiera darle las gracias, el ermitaño cogió el enorme cesto de uvas y lo cargó en el animal.
Tras despedirse de la anciana, el ermitaño prosiguió su camino, y con sus pensamientos…

“Soy tan inútil que ni siquiera fui capaz de conseguir aquel trabajo. Hubiera sido una gran oportunidad para mí, pero claro, era de esperar que fracasara…”

En ese instante oyó un el llanto de una niña. Se había caído y tenía un pequeño rasguño. Estaba asustada y sólo sabía llorar. Compadecido de la pequeña, se acercó a ella, le limpió la herida con un poco de agua de su cantimplora y no se le ocurrió otra cosa que contarle un chiste.
La muchacha le miró sorprendida y de repente empezó a reírse a carcajadas, olvidando por completo su herida. Después se levantó y salió corriendo como una liebre, contenta y dando saltitos.
Así que el ermitaño volvió a su camino y a sus pensamientos…

“…y aquella joven de la que estuve enamorado… ¡Pues claro que se casó con otro! ¿Qué podía haberle ofrecido yo?”

Continuaba con su aflicción cuando se percató de un corrillo de gente que chismorreaba de forma acalorada. Al parecer, habían visto a un mozo del pueblo cogido de la mano de otro chico. Llevado por la indignación, se dirigió a los vecinos increpándoles:
– ¿Y qué os importa a vosotros eso? ¿Acaso no tiene derecho todo el mundo a amar a quien quiera sin que nadie se atreva a juzgar? ¿Qué daño hacen? ¡Mejor sería que os ocuparais de vuestras cosas!
Y continuó su camino.

Cuando llevaba varias horas andando, se sintió cansado y desanimado. Sus pensamientos habían hecho mella en su corazón y se sentía más triste que nunca. Encontró un pequeño riachuelo apartado del camino y allí sentado y solo, se llevó las manos a la cara y empezó a llorar amargamente.
No se dio cuenta de que un pastor se había sentado a su lado. Cuando recuperó un poco la serenidad, el pastor le preguntó:
– ¿Por qué llorabas de ese modo?
– Porque mi vida es un desastre. ¿Qué he hecho de valioso? ¿Para qué sirvo yo?
– Mmmm… – meditó el pastor un momento- Llevo andando parte del camino a cierta distancia de ti, y por lo que he visto, tu vida es bastante valiosa. Verás, le hiciste un gran favor a una pobre mujer sin pedir nada a cambio. Hiciste reír a una niña que estaba triste y asustada. Acallaste un rumor para impedir que hiciera aún más daño. Y encontraste la fuerza necesaria para emprender un largo camino a pesar de no tener un motivo.

No importa lo que pienses de ti mismo. Te definen tus acciones, no tus pensamientos.

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