No soy Sísifo

Sísifo era rey de Corinto. Impío, cruel y mentiroso, gobernaba como un tirano sin sentir ningún temor por los dioses.
Su crueldad llegaba hasta tal extremo, que solía tener por costumbre atacar y asesinar a cualquier viajero que pasaba por su reino, fuera o no enemigo.
Ante tanta barbarie y dada la injusticia con la que Sísifo reinaba, imponiendo a sus súbditos una existencia basada en el terror y la esclavitud, los dioses no pudieron permanecer impasibles mucho tiempo más.
Zeus, el padre de todos los dioses, ordenó a Tánatos (la muerte) que fuera a buscar a Sísifo para castigarlo. Pero Sísifo, haciendo gala una vez más de su astucia, engañó a Tánatos poniéndole unos grilletes y haciéndole prisionero. Durante todo el tiempo en que Tánatos estuvo preso, nadie murió en la tierra, por lo que el destino de los hombres quedaba sin cumplirse, y el caos se iba haciendo poco a poco con la humanidad.
Sin embargo, Ares dios de la guerra, liberó a Tánatos y puso a Sísifo bajo su custodia en el inframundo. No obstante, Sísifo en su vileza, le ordenó a su esposa antes de morir que se abstuviera a ofrecer el sacrificio habitual a los muertos. Y su esposa, así lo hizo.
Bien le salió la jugada a Sísifo, pues enseguida fue a quejarse a Hades de que su esposa no estaba cumpliendo con la sagrada obligación de ofrecer sacrificios, y lo convenció de que era absolutamente necesario regresar a la tierra para castigar a su impía mujer.
Hades se lo permitió, empero Sísifo volvió a engañar a los dioses pues en lugar de castigar a su esposa y regresar al inframundo, permaneció en la tierra hasta que murió siendo anciano.
Cuando una vez muerto, Sísifo volvió al reino de Hades en el inframundo, los dioses le obligaron a cumplir su castigo. Ciego y sin esperanza, fue condenado a empujar una enorme piedra por una ladera empinada. Pero antes de que la enorme roca pudiera tocar la cima, rodaba colina abajo, donde Sísifo debía comenzar su dura tarea una y otra vez. Por toda la eternidad.

Este mito ha sido interpretado por varios autores a lo largo de los siglos, desde Lucrecio utilizando a Sísifo como metáfora de la aspiración a la búsqueda del poder político, hasta Albert Camus en el siglo XX para quien Sísifo representa la insignificancia de la vida humana, un hombre incapaz de entender el mundo.
Sísifo es un hombre atormentado, sin esperanza, para el que la vida se ha convertido en una rutina sin sentido. Los días se repiten una y otra vez y su existencia se vuelve insoportable. Casi percibe un segundo de felicidad cuando va llegando a la cima, pero ese instante se esfuma tan rápido como llega al caer la roca y tener que empezar de nuevo.

¿Cuántas veces nos hemos sentido como Sísifo?

La rutina, los problemas cotidianos, el tener que estar constantemente tomando decisiones que nos desgastan, …
Todo se hace a veces demasiado pesado, y es fácil caer en el desánimo, la desilusión, el estrés, la ansiedad, la depresión.
Ideas de hartazgo pueden ir consumiendo nuestras energías hasta que nos preguntamos si todo merece la pena.
¡Pues claro que merece la pena!
Porque hay que tener en cuenta siempre una cosa: esos sentimientos son normales, a todos nos pasa.
Pero dar un sentido a lo que hacemos, es obra de cada uno de nosotros en base a nuestros objetivos. ¿Cuánto valen los sacrificios que hago diariamente? ¿Para qué los hago? ¿Qué pretendo conseguir?
Es importante tener claro hacia dónde dirigimos nuestros esfuerzos y que esos esfuerzos se verán recompensados en algún momento. Y si a pesar de la dedicación no vemos resultados, siempre quedará el aprendizaje incorporado a nuestra experiencia vital.
Así que afrontemos cada día como un reto nuevo, mirémoslo con ojos distintos de los de ayer y procuremos dar un toque diferente, aunque sea pequeño, a todas esas tareas que nos esperan al despertar cada mañana.

¡No somos Sísifo!

¡Podemos llegar a la cima!

Compartir: