En una ocasión me encontré con un ciego por la calle.
Iba caminando muy despacio y su movimiento era inseguro e indeciso.
Al no poder ver, confundía todo a su alrededor, y por ese motivo estaba triste, frustrado y de mal humor.
Harto ya de tropezar, decidió no seguir caminando, así que se sentó en el suelo.
-¿Qué haces ahí sentado? – Le pregunté.
-Estoy muy cansado. Tengo ceguera; no valgo ya para nada. Todo está oscuro para mí. No puedo ser como los demás y no podré nunca tener una relación normal con nadie ni conmigo mismo.
Le miré con suspicacia. Rebusqué en mi chaqueta y le di unas gafas que llevaba en el bolsillo.
-Toma, – Le dije.
Al ponérselas, dio un grito de alegría y sorpresa.
-¡Veo! ¡Es un milagro!
-Nada de eso. Tus gafas estaban sucias. Sin embargo, las que te he dado, tienen el cristal nítido y transparente.
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Cuando pasamos por una circunstancia emocionalmente complicada, como depresión, ansiedad, miedo, un duelo no resuelto,… es como ver a través de unas gafas con los cristales sucios. No somos capaces de ver la realidad de forma íntegra, clara y tal y como realmente es.
Por el contrario, todo es negativo, oscuro y nos cuesta ver que las situaciones no duran eternamente.
Contemplar otras alternativas nos ayuda a limpiar nuestras gafas, e ir aproximándonos a lo que ocurre a nuestro alrededor sin filtros negativos o confusos.
De este modo, se pueden afrontar las dificultades de manera más adaptativa y eficiente.
Es inevitable que nuestras gafas se ensucien de vez en cuando.
Ver la vida a través unas gafas limpias, es ver la vida con una mejor perspectiva.


