Alicia era por aquel entonces una jovencita recién llegada a la capital.
Durante toda su vida había vivido en un pequeño pueblecito, donde sus habitantes se conocían y todos sabían más o menos las vicisitudes del vecino.
Alicia estaba acostumbrada a salir a la calle y saludar a todo aquel con el que se encontraba.
Conocía sus nombres, cuantos hijos tenían o quién estaba enamorado de quién. Estaba más o menos al tanto de si alguno de sus vecinos estaba atravesando por un momento difícil, ya fuera económico, sentimental o de otra índole.
Más de una vez, su madre le envió a la casa de algún vecino enfermo para que le llevara algo de comida calentita y le “echara un ojillo, por si acaso”. En palabras de la madre de Alicia, “no cuesta nada ser un poco amable con los demás y, sin embargo, ese pequeño gesto nos hace inmensos”.
Alicia, por esa época no era capaz de entender la magnitud de esas palabras. Disfrutaba ayudando a los demás porque hacía que se sintiera feliz. Además, como era tan alegre y parlanchina, siempre conseguía hacer reír a todos… y por añadidura, (aunque a Alicia, no era un detalle que le importara demasiado), le daban una pequeña “propinilla” en forma de chuches o algún tipo de regalito.
Con los años, Alicia se marchó a la ciudad. Su personalidad dulce y atenta no la abandonó en ningún momento y cada día seguía saludando a aquellos con quien se cruzaba.
En su edificio, se encontraba siempre a la misma hora con una mujer muy elegante. Vivía en el piso de enfrente y cuando Alicia la saludaba, ella sin apenas mirarla, levantaba levemente la barbilla y cerraba la puerta de su casa.
A pesar de no recibir ni una tímida sonrisa por parte de su vecina, Alicia nunca dejó de desearle buenos días o buenas tardes con la sonrisa más amplia y encantadora de la que era capaz.
Una mañana, la señora del cuarto le comentó:
– No entiendo por qué sigues saludando a todo el mundo. ¿No te das cuenta de que aquí cada uno va a lo suyo?
Sin embargo, a Alicia no le importaban esos desplantes porque sentía que regalar un poco de amabilidad no le hacía daño a nadie.
Pero poco a poco, Alicia se fue viendo inmersa en la dinámica de la ciudad. Era verdad que todo el mundo iba a lo suyo, siempre había muchas cosas que hacer, siempre había mucha prisa. No había tiempo para saludos, sonrisas y mucho menos para una conversación, aunque fuera breve.
Además, si preguntaba demasiado la gente empezaba a recelar. No sienta bien que se intente indagar en las vidas ajenas aún cuando la intención sólo fuera una genuina preocupación por las personas cercanas.
Una mañana se sorprendió entrando en su casa sin apenas cruzar una palabra con nadie, ni siquiera con su vecina de enfrente.
Al poco rato, llamaron al timbre de la puerta. Alicia resopló: no tenía ganas de visitas. Al abrir, vio a su vecina, a la estirada que nunca sonreía, que llevaba en las manos una fuentecita con galletas caseras. Iniciando una tímida sonrisa le alargó la fuente:
– Dejarse llevar por la corriente no siempre es bueno. Tú eras la amabilidad en el día a día, y aunque no lo creas, has hecho mucho bien. Eras la rosa en el desierto. No pierdas eso.
Alicia se acordó de lo que su madre le decía: la amabilidad nos hace inmensos.
Ahora ella se sentía pequeña, amargada, llena de ruido interior.
Invitó a su vecina a entrar, y pasaron la tarde tomando café, comiendo galletas y charlando de nada trascendental, sólo de la vida.
Y rieron… rieron mucho.
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¿Cómo sería el mundo si la amabilidad imperara? ¿Cuántas veces hemos contestado con un monosílabo, sin ganas, con un gruñido o con un “ahora no”?
Nos cuesta a veces ser amable, porque implica acercarse al otro, dar sin esperar recibir y estar atento a las necesidades ajenas antes que a las nuestras. Y eso es difícil y gasta mucha energía.
Es mucho más fácil cerrar el foco de atención sólo a lo que tenemos delante, a lo nuestro (que ya es bastante).
La amabilidad es un valor que deberíamos cuidar, potenciar y enseñar desde la cuna porque ayuda a amortiguar los baches que nos da la vida.
La persona amable cuenta con un pensamiento positivo, bondadoso y generoso y gracias a ello, es capaz de ver más allá de las contradicciones y aparcar la culpa y la ira.
Es un bálsamo para las personas que están cerca.
El ser humano es social por naturaleza, necesitamos de los otros para realizarnos y ser felices, y ser amables nos acerca a los demás. Sería por tanto contrario a nuestra naturaleza apartar a las personas con malos gestos y palabras hostiles.
No pasa nada por saludar a aquellos con quien nos cruzamos por la calle, por preguntar cómo van las cosas, por “perder” algo de tiempo escuchando a los demás.
No pasa nada por tender la mano y sonreír.
Bueno, sí pasa.
Nos hace inmensos.


