El hombre en el hoyo

Un día como otro cualquiera, un hombre estaba paseando por el campo.
Iba ensimismado observando el maravilloso paisaje que tenía a su alrededor, cuando de pronto, cayó en un hoyo.
Intentó con todas sus fuerzas salir de allí, aferrándose a las paredes del agujero. Pero en el intento se magulló las rodillas hasta que le sangraron, los nudillos se quedaron sin piel y las uñas se le rompieron.
La desesperación y el cansancio le fueron venciendo poco a poco hasta que al final fue haciéndose a la idea de que, por sí mismo, le sería prácticamente imposible salir de aquel hoyo.
Un hoyo, que según pasaba el tiempo, parecía hacerse más y más profundo.
Así que, abatido y sin apenas fuerzas, lo único que se le ocurrió fue empezar a gritar pidiendo ayuda.
Un viajante que pasaba por allí oyó los gritos de auxilio y rápidamente acudió al hoyo a ver qué ocurría.
– “Veo que te encuentras en un grave problema amigo. No me gustaría estar en tu lugar. Deberías meditar y purificar tu mente. Sólo así alcanzarás el Nirvana y tu sufrimiento acabará”.
El hombre meditó y meditó durante muchas horas. Pero seguía en el hoyo.
Al cabo de unas horas apareció otro hombre. Este parecía un filósofo, con un libro en las manos y se acercó al hoyo con mucho cuidado.
– “No te aflijas. Piensa que el hoyo no existe. Piensa que no estás en él; es más, piensa que ni siquiera tú existes ahora mismo. Todo forma parte de una ilusión”.
El hombre del hoyo pensó e intentó convencerse de que nada de eso existía.
Pero continuaba en el hoyo.
Empezó a sentir una angustia tremenda y sus esperanzas de salir de allí iban poco a poco desapareciendo.
Otro hombre apareció y empezó a enseñarle buenas obras porque, aunque él moriría irremediablemente en el hoyo, al menos se reencarnaría en algo magnífico.
Más tarde otro hombre le enseñó a orar cinco veces al día, porque siendo fiel y piadoso, quizás la divinidad se apiadaría de él y lo liberaría.
Pero el hombre seguía en el hoyo.
Ya de madrugada, otro hombre apareció. Había algo diferente en él, algo que no había percibido en nadie más.
Se acercó al hombre del hoyo y suavemente, pero con determinación le preguntó:
– “¿Deseas ser libre?”
El hombre en el hoyo, no sabía qué contestar. Era todo lo que había deseado desde que cayó en el hoyo, pero ahora estaba tan cansado, que casi había empezado a hacerse a la idea de permanecer allí hasta el final.
El forastero sacó una cuerda y bajó hasta el fondo del hoyo. Ató con la cuerda al hombre en el hoyo y lo sacó fuera, a la luz.

Y el hombre en el hoyo, fue rescatado.

Cuando nos encontramos en una situación emocionalmente complicada, utilizamos todo el repertorio de estrategias que tenemos para intentar salir de ella. Cada estrategia se puede ver representada en cada uno de los hombres que se acercaba al hoyo: meditar, evadir el problema como si no existiera, recurrir a la fe,… A veces esas estrategias pueden funcionar a corto plazo, pero cuando las emociones son tan intensas que bloquean nuestra capacidad de afrontamiento, sólo pedir ayuda y dejarse ayudar, puede rescatarnos de nuestro hoyo.

Compartir: